Todos queremos aprender cómo poner límites pero pocos saben que la clave para hacerlo llega mucho antes de que hayamos dicho ese “No”….
Porque antes de empezar a poner límites es necesario revisar cuáles son mis límites, es decir, tener un espacio o un momento en el que yo evalúo realmente hasta dónde puedo llegar en las distintas áreas de mi vida o hasta dónde quiero que la gente llegue.
Porque el primer paso para poner límites es darnos cuenta de cuáles son. Es decir de qué voy a tolerar y qué no.
Otros factores importantes a tener en cuenta antes de poner un límite
Así que en primer lugar, ponemos atención a esos momentos en los que sentimos que nosotros mismos u otra persona se han “pasado de la raya”. Y registramos eso como un límite personal.
A partir de ahí toca decidir qué hacer con esa información. Porque ya es un progreso en sí mismo reconocer mis límites, poder verlos. Pero poder comunicarlos o pasar a la acción para cuidarnos, sería maravilloso…
Entonces…¿Por qué a algunos nos cuesta tanto hacerlo, aún cuando ya hemos identificado lo que sí vamos a tolerar y lo que no?
Pues responder esa pregunta pasa por hacernos estas 2 preguntas relacionadas:
- ¿Qué implica para mí que yo no ponga ese límite? Es decir…¿Cuál es el coste que pago si no pongo el límite…?
- Y también…¿Cuál es la ganancia de no ponerlo?
Por ejemplo. si yo soy una persona complaciente, me suelo sentir segura y protegida complaciendo al otro…¿Por qué? Pues porque pienso que al hacerlo voy a: evitar conflicto, recibir amor…Etc. Esa sería la ganancia, si decido complacer en vez de poner el límite.
Por otro lado, si nunca pongo límites y siempre complazco al otro…El coste que esté pagando puede ser el agotamiento y, quizás, la sensación de que yo no soy cuidada ni soy vista.
Y esto tiene que ver cómo hemos vivido en nuestra historia ese coste y ese beneficio.
Los límites no deben ponerlos sólo los pacientes…A nosotras como psicólogas también nos toca
Las psicólogas hablamos constantemente de poner límites en las sesiones, pero creo que pocas veces nos paramos a revisar cómo están los nuestros.
Por nuestra experiencia como psicólogas y como supervisoras, estos son algunas de las áreas en las que más nos suele costar poner límites:
- El cobro de nuestros servicios
- Las cancelaciones de sesiones por parte de los clientes
- La dificultad a la hora de descansar o cogernos vacaciones
- Responder Whatsapps fuera de sesión e incluso fuera del horario de trabajo
- No tener un horario de trabajo
- Darle vueltas a los casos en casa (fuera de horario)
- Alargar sesiones sistemáticamente
- Que un paciente te escriba y busques huecos donde quizá no los tienes, sacrificando tu tiempo libre
- Sentirnos responsables del progreso/bloqueo de los pacientes
De alguna foma parece que nos cuesta saber dónde está el límite en nuestro trabajo y hasta dónde podemos llegar. Si nos paramos a pensar en la razón detrás de esta falta de límites, realmente lo que nos pasa es muy similar a lo que les pasa a nuestros pacientes.
Normalmente no ponemos límites porque
– Tenemos miedo al conflicto
– Sentimos culpa
– Queremos agradar
– Pensamos que si ponemos un límite, decepcionaremos a nuestros pacientes
Yo misma he pensado a veces que si le digo a un paciente que no tengo hueco, quizás éste se decepcionará, o quizás sienta que no le estoy atendiendo o que le estoy abandonando.
Entonces, como psicóloga le decimos que sí a ese paciente cuando necesita un hueco “urgentemente”; respondemos a ese mensaje a las 10 de la noche; alargamos la sesión 10 minutos a pesar de sabemos que estamos sacrificando nuestro tiempo de descanso; hacemos ese informe sin cobrar…
Visto así, creo que es fácil empatizar con nuestros pacientes cuando les cuesta poner límites, pues a nosotras también nos pasa. Quizás para nosotras sea más fácil analizar qué significa para nosotras poner (o no) ese límite.
Quizás no ponemos ese límite con nuestro paciente porque pensamos que la consecuencia de ponerlo va a ser que la otra persona:
- Nos va a dejar de “querer”
- Va a pensar que soy mala o egoísta
- Va a sentirse abandonada
Quizás poner límites nos hace sentir que somos demasiado frías, demasiado rígidas…Cuando en realidad los límites, tanto para pacientes como para psicólogas, nos sirven para cuidar el vínculo y para asegurarnos de que el espacio que compartimos es seguro para ambos. Seguro y honesto.
Así que, si te cuesta poner límites como terapeuta, recuerda que los límites no son una barrera entre terapeuta y paciente. Son parte del funcionamiento del vínculo. Unos buenos límites hacen que una relación sea segura y la relación terapéutica no es una excepción.
Los límites nos enseñan:
- Cómo funciona la relación
- Hasta dónde puedo llegar
- Qué es aceptable y qué no es aceptable para mí
Y nos permite resignificar y revisar ese vínculo. Porque el vínculo no depende de estar siempre disponibles, sino de asegurarnos de que el paciente pueda contar con su espacio de sesión. Es decir que el paciente esté tranquilo porque yo voy a estar disponible y presente en la hora de la sesión porque ese es nuestro hueco, nuestro espacio.
De esa manera también mostramos con nuestro ejemplo que es posible cuidar del otro sin dejar de cuidarme a mí. Los pacientes podrán ver que la relación terapeútica puede sobrevivir a un no. Y así, quizás, los pacientes también se atrevan a hacerlo con sus seres queridos, pues ya han experimentado que se puede cuidar al otro sin necesidad de dejarse a sí mismos por el camino. No es necesario decir que sí a todo.
¿Cuál es el coste de no poner límites como terapeutas?
Para nosotras el coste es el agotamiento e incluso el resentimiento, a veces, hacia algunos pacientes. Porque claro, si los pacientes constantemente se saltan nuestros límites, puedo sentir resentimiento hacia el otro.
Pero aquí es importante ver que también soy yo la que le está permitiendo de alguna manera al paciente saltarse ese límite. Lo ideal aquí sería poder revisar qué me está pasando a mí en esta relación terapéutica…¿Por qué me está costando poner o sostener un límite con este paciente en concreto? Esto es algo que abordamos frecuentemente en nuestras sesiones de supervisión con psicólogos.
También puede pasar que a pesar de haber puesto límites y de mostramos firmes y claros…Puede que algunos pacientes se lo salten igualmente. En este caso, además de señalárselo y, quizás, indagar qué le pasa a ese paciente con los límites…También tenemos derecho revisar si para mi como terapeuta el proceso es sostenible, y si no, podemos decir de manera explícita algo como: “Si esto sigue ocurriendo, yo no puedo seguir el proceso de terapia.”
El precio de mi agotamiento como psicólogo
Este agotamiento que llega cuando no ponemos límites en nuestro ámbito laboral se traduce también en no poder estar presentes en sesión.
Es la pescadilla que se muerde la cola: yo estoy agotada, el paciente se está saltando también mis límites…Y debido a mi agotamiento me cuesta aún más ponerlos y sostenerlos…
Finalmente puede ocurrir que no pueda estar presente al 100%, por tanto, no estoy realmente disponible y eso tiene un impacto en la calidad de mi acompañamiento en esa sesión, más el posible burnout y la factura que voy a pagar en mi vida personal.
Por eso tantas psicólogas vamos acercándonos al burnout sin darnos cuenta. Cuando a veces, quizás lo que nos quema no es tanto el trabajo en sí sino el no tener límites propios y el no ponerlos tampoco con los pacientes.
No son los pacientes los que nos queman. Lo que nos quema es que estamos sosteniendo una profesión sin ningún tipo de seguridad hacia nosotras ni hacia los pacientes, por mucho que pensemos que los estamos protegiendo.
Esto ocurre mucho en la maternidad. Las madres que intentan estar siempre disponibles para sus hijos pero que de forzar tanto la maquinaria acaban reaccionando o explotando ante “pequeñas cosas” porque el agotamiento es tremendo y realmente no pueden sostenerlo más.
De hecho otro coste de no poner límites tanto para nosotras psicólogas como para nuestros pacientes es la ruptura del vínculo. Pues ese agotamiento no nos va a permitir estar presentes con esa persona aunque pongamos todo de nuestra parte. Es como si, de alguna manera, estuviéramos fingiendo o forzando estar en el vínculo y eso la otra persona lo nota. Y la confianza se empieza a erosionar.
A modo de conclusión queremos volver a repetir que los límites no empiezan cuando dices que no. El trabajo de poner límites empieza cuando tú te das cuenta de lo que significa para ti decir que no. Cuando puedes ver qué te pasa a ti cuando dices que no. Poner límites pasa sin duda por tener esto muy claro. Por poder ver cuál es el coste y la ganancia de ponerlos y con sentirme segura a la hora de hacerlo.